Sobre Carrillo Puerto

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Una de las razones por las que me “encantó” la ciudad de Felipe Carrillo Puerto cuando  recién llegué, fue la quietud, la calma con la que se vive, esa calma que aprovechas para poner atención en detalles a los que no atiendes cuando vives en una ciudad. Caminar seguro de madrugada por la ciudad es una de las actividades que hice varias veces sin el temor de algún tipo de agresión o cosa por el estilo. No estoy seguro de que ahora pueda hacer lo mismo, ya que por un lado, mi agenda ya no incluye los paseos de madrugada, y por otro, no estoy tan seguro, de que a estas fechas sea seguro, caminar seguro, por algunas de las calles de la ciudad a esas horas.

El progreso tiende a influir hasta en los rincones recónditos de nuestro país y obviamente del planeta, y el progreso trae acompañantes que son como el hermano incómodo que no quieres que conozca la sociedad. Así como el progreso se relaciona con la generación de empleos, mejora económica y oportunidades de negocio, el progreso trae también desigualdad social, pobreza en otros casos, y estas generan otros fenómenos a la vez como el pandillerismo o la formación de bandas -Si fueran Bandas de Rock estaría genial, pero me refiero a las bandas de chavos de los que ahora son clasificados como ninis-, y estos terminan siendo parte de ese caótico concepto/fenómeno llamado delincuencia juvenil.

Lamentablemente esta ciudad, Felipe Carrillo Puerto, en los últimos años -me atrevo a decir que en el transcurso de los últimos diez-, ha visto erosionado su adjetivo de “una ciudad tranquila”. En ese lapso he visto cambiar el emblemático y distintivo letrero que se observaba a la entrada de la ciudad viniendo de Chetumal que decía: Felipe Carrillo Puerto: 21,000 habitantes (o una cifra alrededor). También vi cambiar el parque principal que tenía un piso de mosaicos blanco y negro que le caracterizaba al igual que la cantidad de árboles que habitaban sus jardineras, por ser un parque fresco y muy verde. Recuerdo que el primer carnaval al que asistí, a menos que mi memoria me juegue mal, había una especie de desfile alrededor del parque en el que los varones caminaban en un sentido y las muchachas en otro durante horas, mientras se cruzaban miradas de un lado a otro. Los unos en busca de la muchacha más guapa, las otras en busca del soltero codiciado (Si alguien se acuerda de esto por favor que me ayude a corroborarlo).

La estatua de Don Felipe Carrillo Puerto que actualmente se encuentra en el frente de la de la Casa de la Cultura, suplanta actualmente a un jardín que, recuerdo, era florido, con arbustos y árboles a los que acudían diversas aves a alimentarse y que efímeramente adornaban la quietud en el paisaje. Ahí, cuando mi afición a la identificación de aves estaba en su apogeo, recuerdo haber identificado algunos ejemplares de menor tamaño, de las migratorias, las que desde Norteamérica huyen del frío cada invierno para buscar refugios en la verde y cada año, menos densa, vegetación peninsular.

Algunos de los viajeros y visitantes que he conocido presumen de que en la Península de Yucatán, hay dos ciudades que compiten por ser las más horribles, Escárcega que está en Campeche y Felipe Carrillo Puerto, en Quintana Roo. Obviamente no se identifican con algunos rasgos que para mí la han hecho especial desde que la habito. El primero; está muy cercana a una de las reservas biológicas más importantes de México, la Reserva Sian Ka’an (de la lengua Maya, hay quienes traducen su significado como  “regalo del cielo” o como “donde nace el cielo”). El segundo; que las comunidades aledañas a Felipe Carrillo Puerto, se caracterizan por ser de origen maya, y sus habitantes son salvaguardas de tradiciones y cultura que se han transmitido generacionalmente. Y hay un tercer rasgo; que estos pueblos se caracterizan desde mi punto de vista por ser también salvaguardas de la biodiversidad, de la riqueza natural del área, a lo que han contribuido sus habitantes en coyuntura con hechos históricos que mantuvieron a esta región aislada durante décadas.

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Esta cálida tierra vio finalmente -quizás con el pretexto del cambio de siglo y la idealización de que a la par de  dicho cambio la modernidad obligatoria llegaría- una vorágine de proyectos productivos y megaproyectos que aplacaran o respondieran al ansia de progreso y desarrollo.

Así llegaron inversiones millonarias, proyectos de agricultura protegida, ganadería, entre otros, que requirieron mano de obra calificada de la cual, por la historia, se carecía en la región, y de la que en algunos aspectos se sigue careciendo. Lo anterior favoreció una inmigración interesante que redujo el aislamiento cultural y el rezago económico que se percibía. La población aumentó, el letrero de los 21,000 habitantes -cifra que parecía inamovible- fue actualizado, y las consecuencias económico – sociales se percibían prometedoras.

La población creció, la ciudad creció y a la vez inició su transformación. La carretera se amplió, los ejidos se parcelaron y les fue posible vender tierras, derechos agrarios se subastaban y se subastan aun a los mejores postores, especulando con el precio de la tierra, los negocios de “realty” (venta de lotes a extranjeros) voltearon su mirada hacia acá. Los hoteles del norte del estado descubrieron que es más económico llevar y transportar trabajadores a diario por más de 200 kilómetros que ofrecerles otras prestaciones y mayor compromiso por parte de la compañía que les contrata.

Así los cambios, unos cuantos solamente en menos de 15 años. Un emblemático árbol en donde estaban amarrados dos monos araña en la glorieta de Benito Juárez, ahora es una colección de locales comerciales, todos ocupados por negocios exitosos, afortunadamente, para la economía local.

Emblemas quedan, la cultura se erosiona, y la cultura se transforma, las culturas conviven, las culturas se mezclan. Las culturas se reprimen y las culturas reaccionan.

Los jóvenes propios de estas culturas se identifican con los mismos emblemas o se identifican con otros nuevos. Se organizan. Sin embargo, y en ocasiones se organizan en perjuicio de sus barrios y sus colonias. Razones para que esto suceda hay muchas, más que las que puedo contar con los dedos de mis manos. Lo importante aquí es identificar qué podemos hacer para que los jóvenes tengan oportunidades diferentes a aquellas que les generan frustración y enojo y que les llevan a formarse en las filas de la delincuencia juvenil.

¿La educación? No basta con aquella que ofrecen  las escuelas de nivel medio y superior en la región, o quizás no hay las suficientes, no se da cabida a todas las demandas. El problema tiene otros fondos, que pueden ser: el modelo económico, las políticas educativas, el desempleo que les orilla a hacer actividades ilícitas, o todos a la vez.

El hecho es que nuestra ciudad –y digo nuestra porque desde hace años me considero Carrilloportense,  me casé en Carrillo Puerto y tengo una hija Carrilloportense-, la situación ha cambiado y la delincuencia, que no siempre es juvenil, lleva ya algunos años manifestándose y afectando a quienes habitamos este terruño. En lo personal, en menos de un año mi casa ha sido plagiada dos ocasiones y sinceramente no quiero ser cliente preferencial de “los malandros”. Ya lo de la impotencia que se siente al saber que alguien entra a tu casa y hace destrozos lo saben mejor quienes también lo han vivido.

Qué hacer como sociedad cuando hay tanta desconfianza. En quien confiar cuando los rumores apuntan a que los mismos policías y otras autoridades pueden estar involucrados.

No es una situación como la que se vive en Michoacán o en otros estados de nuestro querido país, mas no deseo que nuestra ciudad llegue a una situación similar para entonces cuestionarnos el porqué de la misma. Tampoco quiero enfocarme en la negatividad y decir que todo está valiendo una chingada. Como ciudadano prefiero hablar del tema y ponerlo sobre la mesa. He escuchado diversos comentarios en el tenor de que “Carrillo Puerto ya no es el de antes”, “Ya no es el pueblo tranquilo de hace algunos años”, “Ya llegó la delincuencia a Carrillo Puerto”, y no he escuchado de algún programa, iniciativa o inquietud por parte de grupo alguno que busque revertir o siquiera abordar el problema que ya es latente. Si lo hay, por favor háganmelo saber. Invítenme a conocerlo.

Sé el cambio que quieres ver en los demás, dijo Mahatma Gandhi. Como muchos, tengo luchas internas, y también a mis demonios escondidos como recién escuché, sin embargo, y parafraseando nuevamente a Gandhi, estoy convencido de que la Paz comienza en uno. Hacer las paces con quienes han plagiado tu casa es un acto profundo de amor, que resulta en ocasiones imposible, ya que la primera reacción es darles su merecido. El reto es interesante además de loable.

Ser joven no significa ser mediocre, ser joven significa revolución y cambio, ser joven es sinónimo de rebeldía, de energía, de lucha. No de mediocridad. Entrar a una casa y hacer destrozos es mediocre, tomar unos pesos ahorrados del cajón de un escritorio ajeno es mediocre, es actuar cobardemente y creo que el ser joven mexicano no es sinónimo de cobardía. Nos quejamos como sociedad de lo mediocre que es nuestro gobierno en los tres niveles, lo mediocres que son los políticos que nos representan. Lo mediocres que son hasta nuestros representantes de colonia. Entonces, dejémonos de mediocridades y hagamos algo al respecto, no nos conformemos, portémonos a la altura que nos exigen las circunstancias que se nos presentan como personas, como pueblo, como país.

Estoy ávido de amor por México, estoy hambriento de sonrisas que iluminen los rostros de la gente, y un camino para lograr eso es iniciar amando al que vemos en el espejo a diario; y continúa, ofreciendo una sonrisa a los demás.

En conclusión, no nos planteemos recuperar la ciudad hasta que sea irrecuperable, cambiemos nuestra realidad como ciudadanos y dejemos de ser una sociedad mediocre y pasar a ser una sociedad entera, completa, orgullosa y respetuosa de nuestras raíces, nuestros saberes y nuestros conocimientos, una sociedad madura y transformada, que siga siendo joven .

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