Call it magic.

thumb_IMG_7944_1024.jpgAdolescente, enamorado e ideando la manera de comunicarme con ella, eran mediados de la década de los ochentas del siglo pasado. Mis papás se daban cuenta de que había pasado horas hablándole porque mi oreja, roja por la presión causada por el teléfono, me delataba.

Un día me acordé de que existían los teléfono inalámbricos, aquellos que algunos afortunados tenían y que utilizaban en sus casas para llamar mientras caminaban por los largos pasillos de sus casas, permitiéndoles mayor libertad para tender la ropa o planchar o cocinar mientras estaban al teléfono atendiendo alguna de esas urgencias de aquella vida de aquella década.

Una de mis amigas de secundaria era una de las afortunadas que tenían uno de esos teléfonos maravillosos, mágicos, que me permitirían tener una conversación con quien era entonces mi novia, con una mayor libertad desde mi cama o desde algún rincón escondido de mi casa, donde mis padres no pudieran descubrirme, y mucho menos escucharme decirle en voz baja todo lo que por ella sentía, o simplemente escuchar en silencio su respiración al otro lado de la línea.

Lamentablemente, el teléfono de mi amiga no alcanzaba mas que un radio de poco menos de cincuenta metros. No me lo podía prestar para llevármelo a mi casa, y en aquel entonces eran escasos y, para mi, económicamente inaccesibles.

Ese sueño de poderme comunicar desde cualquier parte con mi entonces amada, era complicado para aquellas fechas.

Supongo que por resolver asuntos así fue que a los genios de la comunicación tecnológica se les ocurrió eso de la telefonía celular que a la fecha ha casi desplazado a la telefonía fija.

Recuerdo, ya en años recientes, en una clase donde hablábamos de la innovación con mis alumnos, les conté la misma anécdota, la de la necesidad que para entonces tenía un jóven adolescente de comunicarse con su novia, de las peripecias y regaños por los que pasó y cómo se las habrá ideado alguien que supo responder a esas necesidades, aunque quizás inspirado por resolver una problemática más importante que la de un casi niño y casi jóven desesperado por escuchar un “te quiero” de su novia adolescente.

Obviamente no se trata de magia, sino de conocimiento, de años de desarrollo tecnológico y de creer que las distancias se pueden acortar.

Los dispositivos celulares han cumplido con ese cometido, ahora la red mundial y las redes sociales permiten aun más maravillarnos. Es interesante ver todo este desarrollo en perspectiva, comparar los años donde la imaginación era la que tenía el poder y compararla con el ahora en el que parece que solo es posible hacer ciertas cosas apoyándonos con los dispositivos móviles.

Acotando, esto sucede solo en y con la sociedad occidentalizada. Ignoro qué porcentaje de los humanos tenemos acceso a la internet y cuántos hacemos uso de los dispositivos móviles. Dudo que seamos más del cincuenta por ciento. Claro, ese dato lo puedo encontrar en un minuto en la red, sin embargo he preferido no hacerlo por quedarme con esa sensación nostálgica de duda y preferir buscarla después o preguntarle quizás a un experto en el tema.

Whatever, lo interesante es ser y haber sido testigo de la magia que ha sucedido en estos treinta años, y poder ahora no solo llamarla si me da la gana , sino también visitar su perfil de alguna red social y ver cómo el paso de los años nos ha cambiado…

Va un saludo mágico.

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