De los amigos.

delosamigosRecuerdo con mucha claridad el nombre y los apellidos de los compañeros con los que concurrí al menos por nueve años desde el kinder y hasta la secundaria. A ellos, todos, van dedicadas estas letras.
Tuve la fortuna de vivir una infancia agradable, a pesar de que considero que es una de las etapas de mayor vulnerabilidad para el ser humano, y en esto coincidirán todos aquellos con los que coincidí en ese sueño que a veces me parece cercano y otras más ya lo veo lejano. Supongo que ha de ser por aquello de la crisis o las crisis de cierta edad.
Eso de la nostalgia trato de evitarlo, he querido aprender aquello de “vivir el momento”, con todo y el trabajo que cuesta, pero al entender que la nostalgia no ayuda mucho a avanzar, no quedan alternativas si lo que se quiere es seguir caminando. Sin embargo, ya tenía tiempo de querer compartirles estas líneas. Y aquí van…
Desde el kínder coincidí con Marisol, quien vivía cerca de mi casa y siempre llamó mi atención, así como llamaban mi atención los armarios pintados de gris en donde había un mundo de colores, plastilina, crayones, papel de china, resistol y las manualidades que hacíamos con el apoyo de las maestras Yolanda y Carolina, y esos pilares pintados de amarillo a los que alguna vez fui atado; quiero pensar que porque se trataba de un juego de policías y ladrones y no por aquello de ser latoso. El pasto siempre verde frente a los salones. Aquello parecía una colina por la que bajábamos para llegar a los columpios y a las resbaladillas. Y si éramos más aventados, nos asomábamos al vallado, a ver cómo corría el agua que desafortunadamente ya no era limpia. Pero más allá de ese riachuelo se veía un sembradío de maíz, el cual era cruzado por la vía del tren, que veíamos pasar desde los salones cuando se acercaba el medio día. Y más allá de las vías, en ese horizonte interminable, seguían las milpas, una ciénega que por sus características, hasta la fecha sigue produciendo toneladas de todo lo que en ella se siembre.
La cabellera icónica de Poncho es algo de lo que más recuerdo de primero de primaria, también a la maestra, de quien su nombre olvido, pero no su rostro ni su devoción con la que nos enseñó a leer: el oso susú y el perro dadito. Esos libros de lectura y ejercicios que recuerdo haber visto todavía alguna de las últimas ocasiones en las que visité mi casa natal.
De segundo de primaria recuerdo poco o he reprimido mucho. Lo que no olvido son las heridas en mis orejas causadas por las uñas largas y perfectamente pintadas de la maestra, seguramente porque no le agradaba el que fuera inquieto.
De tercero recuerdo también con mucho afecto a la maestra, lo dulce que era y lo excesivamente comprensiva. Contaba historias y cuentos, fantasías; y de repente algunos buenos chistes. Ella conocía a mi hermana Pilar, recuerdo que alguna vez fue a mi casa a visitarla y fue una sorpresa verlas platicando junto con mi mamá. Les observé una sonrisa de esas que se comparten solo entre cómplices, luego le pregunté a mi mamá de qué habían hablado y solo me dio a entender que la maestra se expresó bien de mí. Qué alivio, nada de qué preocuparse.
Para cuarto de primaria el maestro Juan Manuel cambió las reglas del juego a la vez que a mi papá se le ocurrió mandarme a la peluquería para que me hicieran el corte de cabello más antiestético de la historia de mi vida. De esos que dan como resultado un apodo de los que te marcan y de los que después de miles de años de ver a tus compañeros, no te llaman por tu nombre, sino por tu apodo. ¿Lo más memorable? El libro de ciencias naturales, el que hasta la fecha me marcó porque estoy cierto que desde entonces me nació la gana de ser naturalista. Karen es el nombre de aquel entonces; y de ese entonces es esa foto memorable que contribuyó a reunirnos unas décadas después, en la que, por cierto, Karen está justo en el centro.
Ya en quinto de primaria tuve la suerte de conocer a uno de los cuatreros más buscados de la historia, o sea, a Doroteo Arango, y a su fan número uno, al profesor Benjamín, quien además de enseñarnos español, matemáticas, ciencias naturales y sociales, nos contaba las hazañas del Centauro del Norte. Fue en ese mismo año en el que se incorporaron a nuestro salón Lizbeth y Adriana, la mayor novedad de la escuela primaria y por las que todos mis compañeros se derretían. Me incluyo.
En sexto de primaria tuve la oportunidad de que nos diera cátedra el maestro Enrique, el del bigotazo. Para ese entonces el maestro, haciendo gala de su caballerosidad, le ayudó a una bella maestra a abrir un salón, rompiendo un cristal de la puerta, porque se le quedaron las llaves dentro. No contaba con que sus mocasines no le cubrían el tobillo, el cual sufrió algunos daños por los trozos de vidrio que no cedieron y por lo cual estuvo ausente unas semanas o unos meses. Nos volvió a dar clase entonces el maestro Benjamín hasta que el curso llegó a su fin. Memorable: la visita que tuvimos de los papás de mis compañeros que fueron a platicarnos de sus trabajos, el papá de Poncho que nos habló de la electricidad y el papá de Pera y Nacho, que nos habló de la apicultura; una pelea con Ricardo Granados, y otra con su papá; un concurso de dibujo que recuerdo haber ganado. Le gané a Ulises, que dibujaba como Leonardo da Vinci, aunque no me sentí del todo bien porque Tere dibujó unos cisnes que parecían salidos de un poema, y hasta ahora sigo creyendo que fue ella quien debió haber ganado. Sin embargo, al ver mi paquete de 24 colores marca Bérol que gané, esa idea de justicia se desvaneció.
Para cerrar esa etapa bailamos “el golpe”. Ensayamos muchas semanas antes de la clausura y recuerdo que todos lucíamos espectaculares con nuestros trajes, las chicas con sus vestidos largos y paraguas, y nosotros con un bastón de accesorio.
Entonces, pasamos a primero de secundaria; y con esta nueva etapa, los sentimientos y las necesidades cambiaron, éramos niños y adolescentes a la vez, recuerdo que a Alejandro fue al primero que le cambió la voz. Yosi seguía siendo el que nos hacía reír, Ricardo Rodríguez era el que arrasaba con las chicas, de las cuales me acuerdo de Laura, quien fue su novia, que era muy guapa y quien solo compartió con nosotros ese primer año de secundaria. Se incorporaron Yadira, Yolanda, dos Ricardos más, Amezcua y Silva; José Reynoso, Jorge, Luis y Miguel. Unos que de acuerdo con los cánones que dictaba el modelo educativo de entonces, eran mejores estudiantes que otros. Muchos, más inquietos que los otros, dentro de los que me incluyo. Los primeros amores, los primeros besos y los inevitables días de lluvia que no puedo dejar de relacionar con los fines de curso.
Memorable de esos tres años: La maestra Lucía, quien nos dio Biología solo para asegurarme que aquella sensación de cuarto de primaria que tuve, se viera reforzada por todo lo que nos enseñó en primero y segundo de secundaria. La fotosíntesis, la disección de un conejo, de un palomo. Los experimentos de química y su pasión por la enseñanza. Ya graduado de la Universidad tuve la oportunidad de verla una tarde caminando por una calle de Zacapu y aproveché el momento para hacerle saber que ella me inspiró para estudiar biología. El maestro Abelardo, la maestra Laura y el maestro Robert. Algunas personas me han preguntado que de dónde aprendí Inglés, y aunque he tomado algunos cursos, no dudo en responder que fue con ellos con quienes más aprendí.
La cancha de futbol, siempre verde y siempre tan amplia, las canchas de basket y la pista de carreras que cada primavera se pintaba de rojo y azul, los colores de mi escuela. El director Garibay y su frase “¡Otra vez tu Gracida!”, el haber esperado hasta tercero de secundaria para rebelarme ante el que abusaba del miedo que generó a todos hasta entonces y haberme preguntado por qué no había despertado de esa pesadilla antes. Dámaris y el primer amor con el primer beso, los primeros horribles celos y la primera pelea por una chica… todo incluido; El break dance y bailar como Michael Jackson, los primeros cigarros, percibir las bellas transformaciones que tuvieron mis compañeras y sentir el hastío de no encajar cuando se es tan adolescente
Llegó la graduación de tercero de secundaria y con esta terminaba el lapso brevísimo en el que coincidimos un puñado de seres humanos de los que me acuerdo con mucho cariño cada vez que la vida me invita a viajar al pasado. Marisol, Tere, Pilar, Lupita, Lizbeth, Adriana, Yadira, Lorena, Aracelly, Yolanda, Yazmín, Esperanza, Ivette, Aidee y Miroslava; Ignacio, Pancho, Ulises, Ricardo Rodríguez, Villalobos, Granados, Amezcua, Silva, Alfonso, Juan Carlos, Martín, Yosi, Alejandro, José Miguel, Cesar, Marcos, Gerardo Medina y Campos, José Reynoso, Jorge, Manolo, Lalo, Luis, Edgar.
Luego, llegó la inevitable graduación, recuerdo haber sido el primero en salir de la misa. ¿Por qué haces eso? me preguntó mi mamá, quien pensaba que se trataba solo de un berrinche propio de la adolescencia para llamar la atención. En realidad me sentía inseguro porque sabía que la certeza de todos esos años estaba teniendo sus últimos latidos. Años después, algunos de nosotros coincidimos para saber qué ha sido de los unos y de los otros; y rescato de entonces una frase de Yosi con la que algunos coincidirán y otros quizás también: “Considero que esa etapa ha sido la más chingona de mi vida” o algo así. Va pues por ustedes y para ustedes. Un abrazo donde estén.

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