Los Veranos.

Debido a factores meramente aleatorios, nací último de una numerosa familia. A principios de los setentas, cuando la modernidad global vislumbraba sus primeros pasos, ya mis hermanos mayores habían tenido sus primeros noviazgos, sus primeras experiencias quizás y seguramente se habían ido de pinta sin que mis padres lo sospecharan.

Aún quedábamos la mayoría de los menores que aprovechábamos los días para correr por los lotes baldíos a los que les llamábamos llanos, que rodeaban las obras negras que eran aún nuestras casas. Atestiguábamos cómo nuestras calles eran pavimentadas y  los terrenos ocupados por nuevas familias que invertían sus centavos en la construcción de sus nuevos hogares.

Así, el concreto le fue ganando al verde de los llanos y a la “polvadera” de la que quedábamos cubiertos tras un intenso día de vacaciones de verano, días en los que había mucho qué hacer y en los que el catálogo de actividades era tan limitado como nuestra imaginación. Podíamos ir a matar lagartijas con resortera o capturar algunos escarabajos de esos que encontrábamos junto a las excretas de los caballos o las vacas que aun atravesaban los llanos cuando eran arreadas para ir a pastar. A los escarabajos se les amarraba un hilo de unos tres metros que nos permitiera utilizarlos de mascota temporal mientras intentaban imposiblemente escapar volando para terminar exhaustos y abandonados en el suelo, en tiempos en los que no cuestionábamos lo correcto de nuestra moral hacia los insectos, ya que simplemente era parte del aprendizaje accesible a los niños de mi generación.

Esos veranos fueron escalones para la expansión de mi espacio personal. Una vez que ya habíamos conocido los secretos que guardaban los lotes baldíos cercanos a nuestras casas, las siguientes vacaciones nos organizábamos para ir a la vía del tren o atrás del seguro social o al vallado; un río de aguas negras, verdes y grises que en ocasiones despedía fuertes olores azufrados y que con el paso del tiempo fue “entubado” para evitar los cada vez más comunes olores fétidos que despedía, pero que mientras estuvo descubierto, albergaba vida, era común ver ranas o algunas atrevidas y sedientas vacas que se acercaban a beber.

Era en los campos cercanos a ese vallado donde la siembra de sorgo, alfalfa, garbanzo, maíz, entre otros granos, iluminaban de verde el paisaje en el cálido verano y que se tornaba en diversos tonos amarillentos cuando terminaba la temporada de lluvias y el tiempo enfriaba. Había en los llanos montones de rocas que parecían abandonadas, pero que en realidad estaban ahí para cimentar alguna futura construcción. Mientras tanto daban refugio a la fauna resiliente y solo los más valientes se atrevían a moverlas e indagar qué escondían. Ahí fue donde conocí las “culebras de agua” manera rudimentaria de clasificar a aquellas que eran inofensivas. Afortunada o desafortunadamente nunca encontramos alguna que fuera “de tierra”, “de fuego” o “de aire”, y tampoco conocimos su “nivel de ofensividad”. Arañas, varias, escalofriantes, pero ninguna que nos haya hecho daño. Lagartijas y sus nidos, sus huevos y sus escondites. Baba de culebra, o eso suponíamos que era; una viscosidad clara que se formaba en la superficie húmeda de las rocas. Sapos, grandes que encontramos enterrados en sus madrigueras evitando deshidratarse y los gusarapos que aparecían en los charcos que dejaban las lluvias. Quiero creer que fueron éstos primeros encuentros con la fauna con los que germinaron mis impulsos naturalistas.

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Había en el grupo de vecinos uno que destacaba por su instinto cazador y quien se diferenciaba del resto por aislarse largo tiempo y volver de repente con alguna lagartija grande, de esas color pardo tornasol, un macho de la especie común de lagartijas que habitaban en esos llanos y que eran blanco perfecto mientras tomaban el sol que caía directo sobre las rojas paredes hechas de tabique, manera local de nombrar a los ladrillos. Mario era el perfecto asesino de lagartijas. Si hubiéramos vivido en la época de las cavernas, en el México prehispánico, o en alguna otra condición en la que se practicara la cacería de sobrevivencia, él habría sido uno de los mejores cazadores de su tribu, grupo o comunidad.

En uno de estos llanos cercanos a mi casa, había una bodega muy grande a la que pocas veces tuvimos acceso porque las puertas eran de hierro muy pesado un candado gigante la mantenía cerrada. Ahí había guardada maquinaria agrícola que era inservible o fue abandonada. En los años Cuarentas o Cincuentas perteneció quizás a alguna familia productiva y próspera, o era propiedad de algún ejido, no lo sé; pero en los entonces que aquí describo, la propiedad era cuidada por Doña Nieves y sus hijos, quienes tenían una casa hecha de adobe y techo de teja a unos metros de distancia de la bodega, donde cocinaban, dormían, platicaban. Descendientes de campesinos que eran originarios de algún pueblo cercano a Zacapu, vivían en condiciones diferentes a las de las familias como la mía que colonizamos los lotes que con anterioridad fueron campos fértiles y productivos seguramente.

Doña Nieves, delgada como un hilo y con una característica prisa, siempre usaba reboso con el que cubría su cabeza y nunca dejaba su delantal que tenía unos bordados sencillos en las bolsas, enmarcadas con delicados holanes tejidos con aguja. Mi mamá, cuando sobraba comida en la casa, que no era algo muy común, solía regalársela de manera solidaria a Doña Nieves, y me mandaba a entregársela, salía Agustín, su nieto, a recibirla. Fue en alguna de esas ocasiones en las que vi como su hija le desenredaba su larga, larga y plateada cabellera a la luz del sol sentada ella en una silla de madera, para entonces hacerle una trenza, la cual cubriría con su reboso.

Atrás de esa bodega había una especie de canaleta por la que escurría el agua para que no se encharcara, iba desde el alto techo hasta el suelo. No recuerdo con exactitud porqué, ni cómo llegamos a concluir que, justo en ese rincón donde se encontraba la canaleta, habitaba “la Llorona” o ahí la habían visto alguna vez. ¿Quién fue testigo de eso? No lo sé, y si preguntara lo mismo a quienes eran mis vecinos tampoco lo sabrían. Lo que si saben con seguridad es que ahí vivía la llorona, y si por casualidad andábamos jugando por ahí momentos antes de oscurecer, debíamos regresar a casa antes de que se nos apareciera. No faltaba alguno de nosotros que aseguraba haberla escuchado decir algo o llorar por sus hijos. Eso sí, regularmente era corriendo como abandonábamos el lugar.

La esencia de los veranos no cambió, conforme iba dejando la infancia, el disfrute de los mismos fue variando, así como se ampliaban los límites geográficos. Un verano mágico ocurrió a finales de los ochentas en casa de una tía de José, amigo de la secundaria, que vivía justo en el centro de la ciudad en una casa de esas afortunadas que tienen entrada o salida a las dos calles con las que colindan. En el caso de ésta, salía a la plaza principal y a la plaza cívica, a un costado de la casa de la cultura. En esa casa, la tía de José, quien era históricamente originaria de Zacapu, tenía guardados en el desván, supongo que para ocasiones especiales, unos duraznos en almíbar y ates de membrillo preparados por ella, ahí con sigilo, subimos, y sin permiso abrimos un frasco y nos comimos los duraznos que pudimos. Simplemente deliciosos.

Esa misma ocasión tuve la oportunidad de conocer a Lupita, vecina de esa casa, quien recuerdo era muy bella, lo cual hizo interesante en un nuevo aspecto a ese verano que dejaba cada vez más atrás a aquellos en los que descubría bichos bajo las piedras.

El último rasgo de infancia veraniega llegó cuando ya estaba entrado en la adolescencia, cuando comenzaba a tomar las primeras decisiones, cuando la rebeldía sin causa florecía, así como florecen las ganas de tener aventuras. Sin más, junto con Aarón y otros tres, un fin de semana nos fuimos en tren, quizás en uno de los últimos viajes con pasajeros hechos en esa ruta por esa compañía de ferrocarriles. El viaje fue rumbo a Ajuno, lugar mítico del que había escuchado muchas veces, al que habían ido vecinos, hermanos, pero al que nunca tuve antes la oportunidad de ir. Nuestro destino final en esta ocasión no era ese. Continuaríamos nuestra travesía caminando una vez que llegáramos ahí. Subimos al tren saliendo de la mítica estación de Zacapu, ocupamos nuestros asientos tras acomodar el equipaje y apenas unos kilómetros recorridos decidimos salir del vagón e ir a la parte de arriba del mismo para admirar desde otra perspectiva el paisaje, el verde del campo, los nopales, los llanos, las vacas pastando, las milpas, a la vez que sentíamos el viento en nuestro rostro bien sostenidos a algún tubo que servía de pasamanos o a la escalera del vagón. Mientras más avanzábamos aparecieron los bosques, los pinos, los encinos.  Para el medio día ya éramos viajeros del tiempo, eran las mismas vías que habían sido utilizadas en tiempos postrevolucionarios o previos. En aquel entonces el servicio de ferrocarril ya estaba en su etapa de decadencia, tuvimos todavía la fortuna de viajar en ese tren y en esa ruta.

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Llegamos a Ajuno o a algún lugar cercano a éste, bajamos del tren y continuamos caminando por, quizás dos horas más, siguiendo la vía del tren como guía. El paisaje ahora era boscoso y fresco, sombreado, los pinos dejaban apenas pasar algunos rayos de luz. Mientras caminábamos platicábamos de las aventuras personales reales o imaginarias que habíamos tenido antes y eso nos hacía sentir orgullo.

El paisaje fue cambiando poco a poco, hasta que llegamos a uno de los lugares más bellos que he conocido, el Lago de Zirahuén. Inmenso espejo de agua que reflejaba las nubes y las montañas. Encontramos un lugar alejado de toda civilización para levantar la casa de campaña, descansar, hacer una fogata y preparar algo de comer. No recuerdo con exactitud lo que llevamos de comida ni la cantidad, pero no era mucha. Como campistas novatos pasamos por muchas peripecias que en lo personal me abrieron los ojos a nuevas posibilidades. Organizamos al anochecer guardias de dos horas en las que, por parejas estaríamos pendientes de que el fuego no se apagara y de evitar que algún ladrón se acercara o que un animal nos hiciera daño; todo de acuerdo a nuestro novel y exagerado razonamiento como aventureros extremos. Para avivar el fuego utilizábamos algo que llamamos “winumo”, que son las “hojas” secas de los pinos. En uno de esos momentos de avivar el fuego, arrojé por accidente el único reloj que llevábamos. Un reloj “Casio” de plástico que era la novedad en aquel entonces. No lo pudimos rescatar de las llamas y solo nos vimos el uno al otro con mi compañero de guardia, nos lamentamos y al no tener más control del horario para las siguientes guardias, decidimos incorporarnos a la casa de campaña y dormir.

Al otro día, a causa de la pérdida del reloj, el campamento se volvió un poco caótico. Enojos, reclamos, falta de comida, en fin, emprendimos el regreso con una energía opuesta a aquella con la que iniciamos el viaje. Ya estando en la estación de Ajuno esperando el tren que nos llevaría de regreso a casa, nos quedaban un limón y ¼ de kilo de azúcar como comida. El malestar no nos permitió llegar a acuerdos y el azúcar por un lado la consumimos algunos mientras que por otro lado el limón lo consumían el resto del grupo. En concordancia a nuestra momentánea miseria, hicimos una colecta de las colillas de cigarros que había en el piso de la terminal y el tabaco recuperado lo envolvimos en una servilleta de papel. Encendimos el mal hecho cigarro y… ha sido el más irritante que recuerdo haber fumado.

Llegó el tren y emprendimos el regreso. No recuerdo mucho de haber admirado el paisaje a la vuelta, deseaba estar de regreso en casa. El reloj sería el tema de conversación y reclamo durante todo el trayecto. La verdad había sido un accidente y suponía que eso no me hacía culpable ni deudor. Pero ese era solo mi razonamiento. Cuando el tren llegó a nuestro destino, las frases eran pocas y las voces irritadas. Estábamos cansados. Nos despedimos a los pocos metros de haber bajado del tren. “Mi reloj”… Escuché mientras me alejaba. Y me quedó ese reclamo grabado como un recordatorio de lo efímero que es el tiempo.

Pasaron varios veranos más, pero con éste último descrito, concluyeron aquellos que cimentaron mis despuéses.

Va entonces, para quien me lea, un abrazo con añoranza veraniega.

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